

Después de casi tres años de pasear por las calles de Roma, si tuviese que elegir mi sitio favorito, no podría decantarme por un sólo lugar. Y es que en Roma, vayas por donde vayas, se descubre un precioso rincón. Pero he de reconocer que la Plaza de San Pedro tiene algo especial.
Son muchas las lineas que se podrían escribir sobre la basílica Vaticana y la Plaza que la acoge desde el punto de vista artístico, cultural, arquitectónico. Pero lo que más me conmueve de este lugar no verlo y estudiarlo desde el punto de vista artístico. La basílica de San Pedro no es una basílica más, ni una iglesia más. Lo que esta plazsa representa va mucho más allá del arte.
Es una referencia, no sólo geográfica, para todos los cristiano en cualquier punto del mundo.
El altar mayor se le llama también "altar de la confesión" por estar encima del lugar conocido como "Confesión de San Pedro", lugar donde está enterrado el Apóstol. Se llama así porque según la tradición, en ese lugar fue martirizado, "confesando" de esa manera su fe.
La construcción de la Basílica de San Pedro de Roma comenzó en 1506 y duró más de un siglo. Muchos Papas patrocinaron su construcción y numerosos arquitectos contribuyeron a su diseño. Entre los segundos Miguel Ángel fue arquitecto jefe entre 1546 y su muerte 18 años después. La Basílica de San Pedro, llena de tesoros artísticos, contiene las tumbas de los apóstoles San Pedro y San Pablo.
La columnata representa dos brazos abiertos que acogen a los peregrinos que llegan a la Plaza de San Pedro desde cualquier parte del mundo.
Y para mí esa es la idea fundamental de este lugar, el sentirse acogido, acopañado. No importa en que época del año sea, ni de donde vengas, ni a que te dedicas ni cuales son tus estudios, tampoco importa tuposición social o tu nivel económico. En San Pedro te sientes Iglesia, te sientes parte de algo, algo en lo que no estas sólo. Y eso se ve en lo millones de cristianos que vienen a Roma cada año, y las multitudes que aclaman al Papa en esa Plaza los miércoles en las audiencias o los domingos en el Ángelus.
Y a todas esas personas nos impulsa el mismo Espíritu, ese Espiritu que se refleja en el centro de la Basílica, el que nos acompaña y nos guía.
Son muchos lo momentos vividos en Roma, pero después de estos casi tres años aquí, estoy segura que este lugar lo recordaré siempre con un especial afecto.




